La pandemia puso de relieve la importancia de la calidad del urbanismo y de los espacios verdes en los barrios

Tengo la suerte de vivir junto a un parque de la ciudad. No lo busqué. Acabé en su orilla cuando los precios de la vivienda me obligaron a salir del centro en el que me movía de estudiante, alojada en pisos compartidos o en minúsculos apartamentos. Era, claro, antes del boom turístico.
Ese parque no estaba en la lista de requisitos para hipotecarme en un barrio que apenas conocía. Pero se ha convertido en uno de los alicientes de residir donde lo hago. Es «el patio de mi piso», digo. Como el que tiene casa con jardín.
Impresiona la vida que fluye entre sus senderos. Hay deportistas desde antes del alba. Ya más de mañana, funciona la ‘ruta del colesterol’. Aquí y allá debutan grupos de pilates y yoga, petanca y vóley.
Hay un parque de perros y explanadas en las que sus dueños fraternizan. Los fines de semana, el césped de llena de pícnics y cumpleaños. Es fácil toparse con grupos en cursos de fotografía. Buscan reflejos en el agua, el vuelo de mirlos y abubillas. Por las tardes, animan un par de batukadas y hasta una banda de cornetas y tambores, que ensayan.
Huertos urbanos
Varios voluntarios cuidan con mimo el trazo de los jardines que ejecutó hace años una escuela taller. Siempre se prestan a hacer de guías. Y están los huertos ‘urbanos’, con el olor de las hierbas aromáticas. Sus singulares cobertizos darían para un estudio sobre arquitectura efímera.
Si esta infantil redacción puede dar idea del día a día en la zona verde, lo que supone vivir junto a un parque, piensen en lo que ocurrió tras el confinamiento por el Covid-19, con los cierres perimetrales y hosteleros. «Está como la calle Sierpes«, llegué a escuchar en un paseo. Era cuando en los periódicos (mea culpa) abundaban las crónicas sobre zonas turísticas desiertas, sobre la ruina de la hostelería…
Barrios de aluvión
Esta histórica zona de pozos y cortijos quedó acotada hace mucho por pisos de aluvión: ocho, diez plantas. Multipliquen. Son muchas viviendas, muchas familias… El parque es lo más cuidado del entorno. Aunque no se libre del vandalismo. Cuando se trata de pasear cerca, las inhóspitas avenidas y las escuetas plazas no le hacen competencia.
Durante aquellos días llegó a tener cierto eco en la prensa y en la ciudadanía la importancia, no ya de vivir junto a un parque, sino de hacer el espacio urbano más habitable. Más bonito. Con ciudades no sólo para dormir y escapar. Incluso se apuntó que habría que diseñar viviendas pensando en pandemias, en las que se pudiera hacer algo más que sacar las manos por la ventana para aplaudir. O para abollar cacerolas. Lo que vienen a ser hogares y no «soluciones habitacionales», que hasta la expresión es precaria.
Pero creo que, con la sensación de que la pandemia no va a volver a confinar nuestros hábitos -el bar, el centro comercial, la huida…-, nos hemos olvidado de las buenas intenciones sobre construir o rehabilitar la ciudad para hacerla más sana. Con algo tan simple como tener, sino un gran parque, un largo paseo cerca. Bien pensando. Y cuidado. Que de verdad sirva para el esparcimiento, más allá de focos turísticos y de zonas peatonales donde el velador manda.
Las largas caminatas por mi preciado parque me dan para fantasear mucho.
#MientrasCamino
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